Chapters:
1. "¿POR QUE NO
OBEDECEN LOS HOMBRES A DIOS?"
2. MI PADRE
3.
A PUNTO DE
MORIR
4. MI MADRE
5.
6.
7.
8.
9.
10.
11.
12.
13.
14.
15.
16.
17.
18.
19.
20.
21.
22.
23.
24.
25.
26.
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2
MI PADRE
Creo que Dios ha cuidado de mis
padres desde que ellos nacieron. Aunque solamente puedo mencionar una
mínima parte de cómo Dios ha obrado con mis padres y los ha liberado por su
bondad, tengo algunos apuntes de los acontecimientos que ellos me han
relatado. Si no hubiera sido por la fidelidad de Dios, yo no estaría aquí
compartiendo este caminar con Jesucristo. En realidad, ha sido solamente
por la gracia de Dios que hemos logrado esto.
Papá nunca se cansaba
de decirme cómo Dios le salvó milagrosamente de la muerte cuando era un niño:
"Un día papá y tío
Pete iban a traer cascajo, y posiblemente usted recordará los carretones
antiguos que había para cargar cascajo, que eran de estructura larga y de
armazón pesado con ruedas enormes. El asiento quedaba demasiado alto.
"Yo iba sentado entre papá
y tío Pete; y puesto que tenía solamente entre dos años y medio a tres, papá
dijo a su hermano: 'Pete, cuida a Eldon.' Así que él me sujetaba mientras
continuábamos con el traqueteo del carretón.
"De repente, mientras el
par de animales tiraba fuertemente el carretón con su pesada carga de
cascajo, la rueda del lado derecho se salió de su eje. El carretón cayó
bruscamente y pegó contra el suelo con una sacudida tan fuerte que lanzó al
tío Pete contra la cerca. Parece que yo fui arrojado hacia delante
exactamente debajo de los caballos, porque la primera cosa que Pete recuerda
haber visto al dejar de rodar, fue el recién herrado casco de la yegua
bajando sobre mi cabeza. Por supuesto, el animal estaba agitado y nervioso
a causa del accidente. Ese casco hubiera aplastado mi cabeza como si
hubiera sido con un mazo."
"Pero más veloz que el
relámpago," tío Pete me contó, "en una forma tan rápida como nunca antes lo
había hecho, extendí mi mano, tomé el pie de Eldon y lo quité de allí
justamente cuando el casco de la yegua bajaba." Me contó varias veces que
algo muy ajeno a él le había ayudado a sacar a mi papá de allí. Mi abuelito
siempre había regañado al tío Pete por ser tan lento, pero después de ese
día nunca más volvió a molestarle. Papá se salvó solamente por la
misericordia del Señor.
Uno o dos años más
tarde, mi padre experimentó otra forma milagrosa como Dios lo rescató de la
muerte, esta vez por medio de la oración. Cuando el caballo de trabajo en
el cual cabalgaba tropezó, papá sufrió una caída severa que afectó su cuello
y espalda. Al principio parecía que no había ningún daño permanente, pero
al día siguiente tuvo dificultad para andar. En la tarde, mientras estaba
ayudando a su padre a alimentar los puercos, se le doblaron las piernas; y
puesto que no pudo levantarse, su padre lo llevó a la casa.
Entiendo que el Dr.
Chineworth le examinó por un tiempo considerable, llegando a la conclusión
de que papá tenía una parálisis progresiva como resultado de la caída. Les
informó a mis abuelos, William y Esther Helm, que su sexto niño podría
mejorarse, o empeorarse; pero la condición de papá se empeoró. Empezó a
paralizársele una y otra parte del cuerpo. Después de poco tiempo no podía
hablar, y luego ni tragar. Sin embargo, aunque lo mantenían vivo por medio
de sueros y medicamentos, su cuerpo permanecía inmóvil. Aun sus párpados
estaban sin vida, y tan sólo su respiración se mantenía, aunque lenta y baja.
Tres médicos dijeron que no sobreviviría.
Pero papá tenía una tía, hermana de su madre, que vivía a veintiún
kilómetros, en Muncie. Tía Zelpe vivía cerca de Dios y hablaba con El. Un
día llegó a la puerta de la finca, y dijo a William y a Esther: "El Espíritu
Santo me ha revelado que si vengo y oro por la sanidad de Eldon, vivirá.
William, ¿tienes alguna objeción si oro por tu hijo?"
Mi abuelo respondió: "Ninguna,
el Dr. Chineworth y los otros médicos ya han perdido toda esperanza. El
está ahora al borde de la muerte."
Me cuentan que la tía
Zelpe fue a la casa de los Helm, y pasó la mayor parte del día pendiente al
lado de la cama de mi padre. Esto llegó a ser su vigilia de oración
intercesora durante muchos días, una misión que nunca anteriormente había
intentado y a la cual nunca más fue llamada a repetir con ninguna otra
persona durante toda su vida. Dicen que ella daba masajes al cuerpo débil
de mi padre, y oraba hasta que caía al piso a causa de su agotamiento. Pero
a pesar de todo su cuidado, la condición de mi padre empeoraba. El perdió
tanto peso que sus huesos le sobresalían.
Tío Pete compartió
conmigo cincuenta años más tarde que en tres ocasiones sus padres llamaron a
sus familiares para que estuvieran a la cabecera de mi padre. "Si quieren
ver a Eldon vivo," decían, "tendrán que venir aprisa, porque no permanecerá
mucho tiempo más con nosotros." Sin embargo, seguía viviendo, aun cuando
llegó al punto donde no se le podía administrar más sueros y medicamentos
debido al dolor.
Una mañana Dios le
reveló a tía Zelpe que el niño sanaría si su madre entregaba su corazón al
Señor. Ella estaba conmovida a causa de esta revelación, y trataba de
hablar con su hermana acerca de su alma. Pero parece que Esther percibía
algo del propósito de Zelpe, y trataba de evadirla por algún tiempo. Cada
vez que veía a su hermana acercarse, trataba de escabullirse por otra parte
de la casa. Finalmente, tía Zelpe logró confrontarla en la puerta del
pasillo. "Bueno, Esther," le dijo, "¿quieres que tu niño viva, verdad?"
Por supuesto, mi
abuela se turbó con esta pregunta, y contestó: "¡Claro que sí, Zelpe, tú
sabes que eso es lo que deseo!"
"Muy bien," le dijo su
hermana bondadosamente, pero con firmeza, "tienes que entregar tu vida al
Señor Jesucristo para que así pueda orar y tener fe a fin de que tu hijito
sane." Inmediatamente mi abuela Esther cayó de rodillas y pidió al Señor
que le perdonara y que entrara en su corazón. Oró hasta alcanzar la
victoria, se convirtió y se puso tan feliz que gritó por casi toda la casa.
Esther era una mujer pequeña, una holandesa de poca estatura, pero no podía
contener en su interior el gozo que experimentó aquel día. Se ha dicho que
en cualquier ocasión que había una reunión de oración en la casa de alguien,
muchas veces se escuchaba a mi abuela gritando por el gozo que tenía en el
Señor Jesucristo.
Puesto que su hermana
había cumplido lo que le tocaba a ella en cuanto a la revelación que Dios
dio a Zelpe, ésta volvió a interceder por mi padre con nuevas fuerzas. Cada
día oraba para que una parte específica del cuerpo de mi padre recibiera
sanidad. Primeramente decía a la familia cómo iba a orar, y Dios contestaba
según su oración. Al tercer día anunció: "Eldon pedirá algo de comer dentro
de las próximas veinticuatro horas. Voy a orar para que recupere el apetito
y la voz." Oró todo el día, y aquella tarde aconteció un milagro
maravilloso. Mi padre, que no había podido hablar o comer por muchos días,
susurró: "Quisiera té y unas galletas saladas."
¡Mis abuelos estaban
fuera de sí por el gozo que sentían! Puesto que no había ni un poco de té
en toda la casa, ni tampoco una sola galleta salada, William dijo a tío Pete
que ensillara al viejo Clyde (el mismo caballo que montaba papá cuando se
cayó), y que recorriera lo más rápido posible los tres kilómetros que había
hasta Windsor para comprar el té y las galletas. Luego esa noche, mi abuelo
tenía a mi papá en sus brazos dándole las galletas y el té, con mucha
gratitud en su corazón.
La gente de los
alrededores fueron para ver al niño quien era un milagro viviente. Cuando
era una niña muy pequeña, estando parada entre las ruedas del carruaje, mi
madre recuerda haber escuchado a sus abuelos Dickson decir: "Acabamos de
regresar de ver a un niñito que fue levantado del borde de la muerte por una
vida que confiaba y tenía fe en Jesucristo." Más tarde ella rememoraba: "Nunca
me imaginé que ese niño pequeño, al crecer, llegaría ser mi esposo, el padre
de nuestros seis hijos."
Dios dio una profecía
por medio de la tía Zelpe en el tiempo de esa milagrosa sanidad. Declaró lo
siguiente: "Este muchacho va a ser un hombre de Dios, y su fe, o la de su
descendiente, envolverá al mundo entero." Estamos confiando en Dios para
ver el cumplimiento de esto algún día, tan sólo por su gracia, y únicamente
para su gloria.
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